Aster Heras

Diario de un sueño

Doce

Le despertó la bocina. El mar lucía un azul tan profundo que parecía que el color se había reinventado de nuevo a lomos de aquel pequeño oleaje que jugaba a balancear el barco como si fuera un pedacito de corcho.

Estaba mareado, demasiado tiempo sobre agua para un hombre que adoraba tener los pies en el suelo. La noche anterior se había recostado sobre la cama vestido pensando que sería más fácil levantarse así. Se subió a ese barco sin mucha esperanza pero lo cierto es que desde que había hecho la primera escala y había dejado aparcado en el puerto aquel otro buque lleno de descafeinadas almas algo dentro de si había encontrado la paz.  Volvía a casa. Sin ella, sin nadie, solo.

La cubierta estaba repleta de gente pese a estar amaneciendo. El joven hombre, de aspecto impecable y mirada intensa apenas había dormido aunque se obligó a meterse dentro del camarote una noche más.  El pelo de un color dorado, como los rayos del sol le caía por los hombros con la raya en medio como siempre. No se había molestado en cogerse la estúpida coleta que en el otro mundo siempre tenía que llevar para no parecer descortés pensando liberado que se acabó el fingir ser quien no es.  La vista al frente desvelaba un pedazo de tierra conocido, la vista al horizonte traía por fin la recuperación de algo que le habían arrebatado hace mucho tiempo. Corría una ligera brisa fresca que suavizaba los grados de más. Su mente vagaba por los recuerdos del viaje de partida cuando comenzó a entrenarse para ser quien era ahora. Las cosas siempre suceden por algo, le decía su abuelo y solo los Dioses saben porque Ella y El terminaron con aquel destino tan confuso.

-¿Señor tiene hora?-preguntó una señora mayor acompañada de una muchacha de no más de 15 años que le recordó otros 15 años inolvidables.

-Son las 08.00-dijo el joven hombre sacando un precioso reloj de plata, con un pequeño mochuelo en la tapa ,herencia familiar, que le había regalado su padre cuando cumplió 8 años.

-Que bién, podremos desayunar en casa, mi nieta tiene hambre. De donde viene usted buen hombre?

No quería hablar con nadie. Solo quería encontrar el punto de silencio perfecto que le dejara admirar todo aquello. La grandeza del retorno y la experiencia de ser otra persona ¿o era la misma persona? que más daba el camino ya estaba hecho.

-Es perfecto comer en familia-dijo dándole una calada a la pipa y sonriendo sin dejar de prestar atención a su horizonte querido.

-¿Es usted griego?

Respiró. Que diferente sonaba aquella pregunta, que distinta a oídos cuando viene de un acento familiar y no de uno falto de vida y de sangre en las venas.

-Si, soy griego. Nací aqui.

-¡No parece usted griego!-dijo la mujer con tono casi divertido- más bien parece usted un ciudadano del Norte.

El hombre sonrió. De nuevo lo mismo, la cantinela que llevaba escuchando toda su vida. Y ahora resulta que a la puertas de su casa, se repetía. Como si la misma tierra decidiera cuestionar sus razones. Su mirada intensa se centró en el humo que parecía ascender en espiral manchando un perfecto aire que dibujaba su regreso.

-Vengo del Norte-dijo desviando la vista del horizonte y mirando a la mujer-he pasado mucho tiempo allí. ¿Y usted?

La señora asintió.

-Soy Parapoulos. Alexandros Parapoulos-respondió el joven.

La mujer mayor cambió de cara, bajó el rostro y cogió a la joven muchacha que tenía también la mirada perdida. Ambas retrocedieron unos pasos y se fueron sin decir nada. Los tiempos que corrían en mi país no eran del todo tranquilos. La guerra de la Independencia había traído años de inestabilidad y el tratado que nos dejaba al amparo de otro país había sumido en la prudencia a un pueblo que soñaba con resucitar cual fenix, de sus cenizas. Todo el mundo conocía a mi familia. Solo tres quedaban de nuestro linaje, solo tres manteniendo los valores antiguos pese a guerras, conquistas y reconquistas. Solo tres. Y a las tres, nos evitaban.

El hombre sonrió divertido mirándose la punta de los zapatos y jugando con el humo que salía de sus pulmones. Conocía esa reacción, lo habían adoctrinado de pequeño para reconocerla y evitarla.  Aquella escena, de la señora, era como cuando iba con su madre al centro de la ciudad y los invasores los saludaban siempre unos cinco pasos atrás. El dinero de su gente a modo de impuestos había conseguido comprar el silencio de los opresores de su pueblo y mantener a su familia a salvo pero siempre fueron vistos desde lejos.

Los recuerdos inundaban su mente, su vista se quedo fijada en el suelo unos instantes difíciles de cuantificar. La banda sonora del sitio era curiosa, conversaciones aburridas del calor que hacía en cubierta, señoras haciendo ruido con abanicos más grandes que sus propias cabezas, bocinas de mar y maquinaria. El barco iba derecho al puerto más famoso del Antiguo Mundo. Una gaviota se metió en su campo de visión y como si hubiera sido una palmada que lo hiciera despertar de un mal sueño el joven de mirada intensa y de aspecto impecable levantó la vista al horizonte.

Miles de barcos lo recibían. Seguía siendo un puerto con mucho tráfico y muchas rutas. El aire traía un fuerte aroma a cilantro, probablemente aroma de algún plato cocinado en algún camarote cercano. La ciudad se divisaba muy a lo lejos pero el puerto era todo vida.  El agua, un agua mezclada con sal, esencia de la Tierra donde nació y de la que no quiso separarse jamás se mezclaba con una sonrisa que dificilmente podría ocultar. Empezó a tararear Claro de Luna de Beethoven y pronto se le hizo poca cosa para tal resplandor porque su Tierra brillaba con la esencia que dan 2000 años de historia. En las miradas de la gente, en los movimientos certeros de sus manos, en las palabras sonoras y cantarinas en un acento que siempre conservó en su interior. En los barcos.Se veía en todo. La vida que da el espíritu de las cosas. Un pueblo herido por tres siglos de ocupación y una guerra que lo había dejado roto pero resucitado en su propia esencia. Como el mismo. Había aprendido a valorar cada momento que había pasado separado de su casa para entender que a veces para querer algo hay que saber perderlo. Por eso esa sensación de gloria ahora y por eso ese vacío dentro cuando miraba atrás y solamente se arrepentía de haberla dejado a ella, en el camino. Recordaba antiguas historias, Odiseo se le antojaba caprichosamente similar a su cuento si no fuera porque su Penélope, se había quedado en la travesía.

Y ahí estaba, majestuosa, su casa.

El barco paró. De un salto entró de nuevo en el camarote y  recogió su escaso equipaje. Había pasado ahí los últimos tres días de un viaje casi interminable desde la otra punta del mar. Echo un último vistazo a la sala recogiendo antes de salir el cuarzo ahumado que había dejado en la mesilla de noche.  Se dio la vuelta, buscándola entre las partes perdidas de aquel pequeño cuarto. La encontró dentro de si mismo, en la parte más profunda de su corazón y se sintió satisfecho con la respuesta, poca gente tenía la suerte de llevarla ahí y se consideraba dichoso por ello.

Doce escalones separaban la entrada al barco del suelo y los bajo despacio. Saboreando el momento. Doce que marcaban un ciclo que terminaba. Doce, como los años que llevaba fuera de casa. Doce. Como Herakles y su camino al Olimpo.

Y entonces, el último escalón apareció ante el. Al finalizarlo dejó que los dos pies se asentaran en el suelo y procuró disfrutar de ello. Comenzó a andar, escapando del murmullo de las recibidas, sabiendo que el también tendría su comitiva de bienvenida. Salió de los adoquines mal colocados que sostenían a los familiares de sus compañeros de viaje. Salió y buscó más allá del gentío alborotado un cacho de tierra virgen que le hiciera volver a casa. Al fondo había un camino natural que conducía a la ciudad. Unos pasos más tarde ya estaba en el y aunque tuvo que resistir el impulso de llegar andando no frenó sus manos que de forma instintivas tocaron el suelo cogiendo un puñado del nombrado elemento y dejando que se escurriera entre sus dedos, manchándolos de polvo de mismo camino. Entonces miró al horizonte y en voz alta perfilando la mejor de sus sonrisas dijo:

-Hola Grecia-

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