Aster Heras

Diario de un sueño

Desvariaciones helénicas

En cada paso que das. Se asoma entre las esquinas tiendas que llevan vuestros nombres y la empresa de mensajería va coronada por un Caduceo que nos recuerda quien es el mensajero de los Dioses. Niñas que te saludan mientras almuerzas viendo la estatua de Leonidas de lejos y que se llaman Afrodita. Manos que guian coches tatuadas con el símbolo de Hekate. ¿Y que decir de los taxistas que se llaman Dionisos? En cada rincón que dibuja que aquella tierra es vuestra casa y que desde ahí nos seguís mirando, esperando a que levantemos de nuevo antiguas creencias que parecen olvidadas. 

En los pasteles de pascua, coronados con huevos, en los perros que abundan en la ciudad que fue el centro de la historia hace dos mil años. Guardianes de la ciudad. Ladran a veces sin saber a donde y acompañan a los buscadores por la Acrópolis.

En las ofrendas de la gente, camufladas entre los rincones de un Agora hecha pedazos. 

En las risas de la gente y su mirada cuando te abren la puerta de su casa y te reciben como si fueras un Dios. En las miradas amables de un pueblo apaleado que sabe que tiene que levantarse de nuevo y que se niega a caer pese a todo. En su lucha. En las manos alzadas de Sintagma. 

En el agua que acuna tus islas. En la música. En los vendedores del Agora. En que mi vendedora preferida del Agora se llame Ekaterina. En los grafitis. Al fin y al cabo donde puedes encontrarte un grafiti con casco y alas que porte un mensaje? En la comida y en el aceite, que nos regaló Atenea un día y que sigue inundando los platos del país. En los barcos que en Navidad decoran Tesalónica coincidiendo con la Poseidona. 

En las vendedoras que te regalan la entrada al Agora cuando te ven llegar con ofrendas y por segunda vez en dos días. En las miles de tiendas de ropa militar que recuerdan tu pasado bélico y tu lucha por permanecer en tus valores. En las llaves iluminadas que decoran la calle de tu hotel cuando vas bajo el amparo de la Señora de las Encrucijadas. En las farmacias con la copa de Higeia recordándonos que al brindar, elevamos nuestras gracias a la Diosa de la Salud y que en todo el mundo se dice asi. Salud! Higeia! 

Bajo el suelo. En los pies. En esa sensación que jamás olvido de pisar tierra sagrada que he aprendido reconocer en cualquier lugar del mundo. En que tu avión lleve la foto de tu Diosa en gigante. En que al llegar a tu casa comienzas de nuevo un viaje de retorno para regresar. 

En cada esquina, en cada rincón, en cada suelo.

Estan Ellos. Recordándonos quienes somos.

 

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