Aster Heras

Diario de un sueño

Renovando mis pactos, dedicado a ti.

El aire movía las ramas de los oImagenlivos que guardaban el silencio de un amanecer que empezaba a despuntar y ella se había levantado temprano, muy temprano. Era su primer amanecer en Grecia y llevaba tanto tiempo soñando con el que ahora que lo estaba viviendo, ahora que el tiempo corría al igual que sus pasos sobre suelo heleno parecía todo irreal. Hasta el cielo se teñía de colores casi como de fantasía entremezclados entre si y el aire, fresco pero no en exceso para ser Enero le rozaba la cara con dulzura.

 

Pasaba por allí de paso, la intención era ir a Creta en busca de otras vidas ya perdidas pero sintió una punzada en el pecho cuando vio el primer cartel al lado del Templo de Zeus Olímpico. Las columnas de proporciones colosales habían impresionado a la buscadora que sin saberlo había encontrado ya respuestas. Zeus majestuoso abría sus nubes y enseñaba un cielo mezclado de colores fantásticos. Pájaros que cantaban y una Atenas que parecía que había escondido los coches para ella.

 

Tocaba el turno de la visita obligada. Un cartel inocente en letras claras y de fondo amarronado que ponía Akropoli. Atenea nunca había sido su Diosa predilecta, conocía quien era y el vínculo que la unía con Ella pero Hekate había aparecido en su vida unos meses antes con más fuerza que 100 cañones por banda haciendo un ruido tan ensordecedor que no escuchaba otros Dioses. Hasta que llegó a Grecia. Hasta que sus pies tocaron la Tierra de la que se proclamó hija al bautirzarse con su primer nombre, Kaia. Entonces, cuando llegó a Grecia si escuchó la voz de los demás Dioses.

 

Pasó una esquina y en una encrucijada, otra vez perdida encontró una anciana que como leyéndole la mente le indicó “Akropoli” señalando hacia arriba con un dedo arrugado y bastante deforme. Cuando miró la anciana no estaba y el aire le rozó de nuevo las mejillas recordándole que estaba despierta, más que despierta ¡viva! y en la Tierra de los Dioses. Algo saltó dentro de su ser y sintió por primera vez en mucho tiempo ganas de correr, ganas de llegar a la cima, que contuvo. Había leído miles de veces que el camino sagrado había que recorrerlo despacio y siendo consciente de cada paso. Al fin y al cabo era la primera vez que iba a visitar un Templo Heleno, aunque ahora tuviera disfraz de monumento. Asi que contuvo las ganas, se mordió los labios como cuando estaba tan nerviosa que ni siquiera podía disimularlo y con las manos sueltas el pelo cogido y su mochila al hombro, subió cada uno de los escalones que son ahora el camino de ascenso hasta el monte sagrado de Atenas.

 

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Un camino lleno de olivos nuevos, olivos pequeños que seguramente crecen encima de los esqueletos de otros olivos que han visto nacer a la civilización que ahora conocemos. No pudo evitar echar la vista atrás y recordar todas las clases y libros de historia que había leído. Temístocles, Marathon, Pericles… tantos nombres que retumbaban ahora en su cabeza. Sócrates y Platón. Y ese antiguo libro que reposaba en su estantería en Madrid ahora, que abrió el Mundo de Sofía para Ella. La muchacha, que había olvidado todo lo que era y todo lo que había sido se sintió viviendo un presente tan lleno de vida que cualquier pasado sería incapaz de reducir. El aire seguía jugando con sus mofletes y colándose por su cuello, haciendo que el cabello se le despeinara y hasta decidió soltárselo para volver a cogérselo otra vez, presa de los nervios, decidió mantenerlo en una coleta a salvo de las jugadas de los Céfiros. No había turistas, aún quedaba más de una hora para que abrieran las puertas y el horario de visita comenzara. Un músico con una guitarra tocaba una melodía extraña que jamás había escuchado pero que grabó en su memoria. Los pájaros cantaban y las preguntas seguían respondiéndose y a la vez multiplicándose, como si una pequeña comunidad de preguntas y respuestas se hubiera instalado en su interior, esperando a que saliera del éxtasis, para devolverle las ganas de seguir buscando.

 

Esperó con un frappe helado hasta que abrieron las taquillas sin mucho que hacer más que cerrar los ojos y escuchar su alma, aquella que por fin encontraba la chispa que la hacía sentirse viva. Dos guías se acercaron a ella a ofrecerle el servicio de enseñarle el recinto por solo 57 euros. Fué sincera “Dudo mucho que puedas enseñarme lo que he venido a buscar aquí” La mirada de la mujer no insistió más, había entendido perfectamente de que se trataba. Asi que cuando terminó el frappe y consiguió la entrada, la muchacha levantó el ticket como un trofeo y entró por los tornos que ahora regulan el paso a la Casa de la Diosa.

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Que ironía” pensó y por primera vez le habló directamente a Atenea. Ahora en la entrada no hay mujeres con incienso, ni hombres vendiendo ofrendas. Ahora hay máquinas de metal que de forma fría se comen tu ticket para dejarte pasar. “Seguro que no te gusta, por muy moderna que te hayas vuelto, no, no creo que te guste” le dijo muy seria Desde que comenzó la segunda subida sus pensamiento se volcaron en Ella. Ella que sin conocerla la empezaba a poseer. Ella que entraba en ella sin que casi se diera cuenta, Ella. Y ya solo habló con Ella hasta salir otra vez del lugar sagrado. El camino iba quedando atrás y se atrevió a mirar. Atenas como un manto blanco la saludaba allí abajo, dormida y como ajena a lo que tenía en su cima, gobernándola. Atenas dormida. El teatro de Dionisos había quedado ya muy lejos y uno mucho más moderno estaba ahora a sus pies. Ya podía distinguir la montaña de las Musas y la de Ares. El mar se adivinaba al fondo y un sol de escándalo nos recordaba a Helios y Apolo en el cielo. De nuevo se preguntó como podía su alma caberle dentro del pecho y quiso gritar de la emoción. El teléfono móvil no funcionaba y no podía llamar a nadie, daría gracias a los Dioses más tarde por ello.

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Siguió subiendo y por fin las primeras escaleras blancas, y las puertas de la Acrópolis franqueadas por dos Templos más pequeños. Hizo memoria y los reconoció al instante. El Templo de Atenea Niké y los Propileos. Giró la cabeza para saludar a la ciudad que le hizo su último guiño antes de entrar, antes de entender, antes de ser mirada por primera vez bajo sus ojos.

La muchacha entró bajo el pórtico y no pudo evitar tocar las columnas cuando escuchó en su cabeza “Por fin regresas” una voz masculina y grave. “Estoy loca” fué su única reacción. Y siguió caminando por el extraño puente de madera por el que hay que pasar para entrar. Cuando las columnas de los Propileos terminaron cerró los ojos antes de levantar la vida. Había soñado que un niño le pedía que lo hiciera así y así lo hizo. Afortunadamente no había nadie en la cima porque había sido la primera en entrar de lo contrario hubiera sido un poco raro hacerlo.

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Abre los ojos” se dijo a si misma. Y eso fue lo que hizo, después de levantar la vista para verlo.

Y ahí estaba a unos 100 metros. El Partenon. Rodeado de piedras que había visto mil veces en fotos. Con sus 17 columnas laterales y sus arcos gigantes huérfanos de unos frisos que había visto unos meses antes en Londres. Allí estaba. Sin nadie, para ella sola. Como si el mundo, el tiempo y la vida se parasen un minuto ante sus ojos. Y entonces más de 2000 años de historia se le echaron encima y la grandeza y el amor de un pueblo hacia su Diosa se dibujaron en las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas. El Aire jugó de nuevo su papel haciendo que estas se volvieran aún más frías con sus soplidos. La muchacha comenzó a andar y casi podríamos jurar que no entró nadie en un buen rato o es que quizás se había colado por una rendija de la realidad donde Grecia y Ella se fundían y el resto del mundo desaparecía, quien sabe, pero lo cierto es que no recuerda a nadie hasta pasado buen rato. Un banco de mármol blanco le sirvió de escondite para poner su ofrenda. Los pies estaban anclados a la Tierra y era difícil moverse de allí. Quiso poner las palmas de las manos en la piedra y cuando lo hizo supo que tenia que era lo siguiente que debía hacer. La muchacha entonces muy decidida se acercó a la Puerta Principal del Partenón. Dejó su mochila en el suelo con todas sus pertenencias y las pequeñas velas quemándose a sus espaldas. Puso sus manos en el corazón y luego las levanto de forma disimulada pero con los ojos de nuevo cerrados “Alabada seas Atenea” dijo en voz baja. Cuando bajó los brazos no pudo moverse, un manto fresco la rodeada. Una mano firme levantaba su frente haciéndola mirar al frente y recordándole sensaciones que desconocía. Un aire, juguetón, que se identificó esta vez y que había sido siempre el mismo desde que se despertó esa mañana la rodeó y jugó con ella a susurrar historias secretas que no entendió. El corazón se le empezó a llenar de agua, la sangre se le empezó a llenar de fuego y su cuerpo se encontró con las primeras raíces que reconocía. Cerró los ojos y entonces tras sus párpados vio unos perfectos ojos azules que la miraban. Una boca perfectamente perfilada que sonreía y una figura que se dibujaba amable ante ella que la abrazaba. Se sintió en casa, se supo en su sitio y no quiso moverse nunca más del Templo. No sabemos cuanto tiempo la muchacha permaneció asi. En comunión con una Diosa que no había venido a buscar pero que la encontró a Ella recordándole que siempre la acompañó desde el principio. Pasaron muchas cosas aquella mañana pero, Atenea tejió a la muchacha a su antojo, rescatando de ella hilos muy antiguos, brillantes y fuertes que ya habían olvidado y dándole la oportunidad de seguir fabricando su propio hilo, su propio sendero que a partir de ahora sería mucho más fácil sabiendo que la Soberana del Acrópolis acompañaría por siempre sus pasos. 

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