Aster Heras

Diario de un sueño

Marathon

El otro día vi la Marathon tradicional llegando al Kalimarmaro. Por la mañana niños pequeños que venían corriendo, por la tarde personas más mayores. 42 kilómetros, como siempre. Venían agotados, sudados, algunos casi andando. Veníamos de un ritual en el Monte de las Musas y de tomar café con unos amigos. Cuando Miguel nos dejó en la esquina de siempre ibamos con ganas de llegar a casa pero no pudimos resistirnos a pararnos un rato. Muy poca gente animaba ya a los corredores y quisimos hacer un poco de bulto y de apoyo moral. Entonces me dejé llevar por la emoción. Un chico en inglés tras nosotros decía “Este es el verdadero espíritu de Grecia” y uno en griego le respondía algo como que no era solo el país donde se bebe Ouzo. 

No pude evitar emocionarme cuando vi el cartel que marcaban los conocidos 42 kilómetros. Entonces me dejé llevar por la energía. Y por mi imaginación. El Estadio lucía precioso, lleno de gente y de alboroto. Pensé en Atenea, mi Diosa y me la imaginé contenta contemplando la carrera y animando a los corredores, mi menté voló un ratito ¿Cuanta gente la reconocería? ¿Cuantos corredores estaban pensando en Ella? ¿Estaría tan presente como yo la sentía?

Entonces, en medio de mis divagaciones, entró un corredor joven, corriendo y muy cansado. En sus manos portaba una rama de olivo y se daba golpes en el corazón levantando la rama y mirando al Acrópolis. Como debe ser. Salve Atenea.

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