Aster Heras

Diario de un sueño

Un camino hacia mi misma :)

Hermoso

Egeo

Había decidido hacer una meditación en grupo, de aquellas que la Sacerdotisa del Coven Wicca del que formaba parte hacía a menudo. Como siempre me senté relajada y dejé que mi cuerpo se quedara en segundo plano. Esta vez no tenía mucha idea de donde nos ibamos de viaje, pero la confianza plena en la persona que controlaba la meditación me hizo disfrutarla plenamente y sin preguntas.

El suelo estaba frío, asi que me costó al principio, pero cuando sintonicé la respiración todo funcionó como de costumbre. Entonces, la dulce voz de Gaia nos condujo una vez más al centro de la Tierra.

De nuevo la misma sensación, escalofrios por mis piernas conforme enfocaba la energía hacia las plantas de mis pies. En mi mente se veía un rayo recorriendo mi cuerpo y ese pequeño pulsar que todos conocemos cuando realizamos este tipo de ejercicios. Lo había hecho mil veces. Las distintas capas de la tierra se fueron mostrando ante mi de forma espectacular. Una vez más sentí la humedad rodeándome y el eterno silencio que siempre le habla a mi ser. La Tierra, acogiéndome en sus brazos para reparar mi alma y construirme de nuevo. Tras la capa húmeda vinieron las piedras, miles de ellas que me hicieron frenar el ritmo y pararme a contemplarlas. Ahora la Tierra era diferente y seca y me contaba secretos de mi misma. Unas capas más abajo las piedras se transformaban en capas liquidas y el calor comenzaba aumentar recordándome a los volcanes y su fuerza. El fuego encerrado en la Tierra manifestaba su poder cambiando su forma. Disfrute del viaje y llegamos a una sala, redonda, rodeada de piedras preciosas con un núcleo de energía que alimentaba todo el planeta. La perfecta esfera anaranjada con brillos amarillos latía y emitia una vibración transmutadora y sanadora capaz de cambiar cualquier cosa. Ya casi no oía la voz de la Sacerdotisa cuando de nuevo retomé el hilo con la meditación.

“Cárgate con la energía que emite el núcleo de la Tierra, deja en ella lo que no quieras o necesites, usa tu respiración para hacerlo”

Dejé todo lo que no servía. El calor de la Tierra comenzó a llenarme y a hacerme sentir mejor aún. La voz seguía hablando…

“Ahora concentra la energía en tu pecho, respira, expira, respira…. piensa en cosas que para ti signifiquen la virtud, lo bueno, lo justo, lo hermoso, la armonía….” seguí respirando intentando llevar al centro de mi pecho la energía de las imagenes que pasaban por mi mente.

“Con un golpe de energía y con tu respiración proyecta enfrente de ti esa energía y llama a lo más sagrado, hermoso y lleno de armonía que viva dentro de ti, ahora obsérvalo”

Apareció delante de mi un precioso mar contenido en aquel micromundo, que con Agua  dibujaba pequeñas olas que parecían sonreirme. Pronto como naciendo de el  salieron miles de pequeñas islas, que se movían, decoradas por montañas y árboles. Una danza sagrada que la Tierra  hacia el interior de la espiral que se había creado. La materia agolpándose para contarme algo, para darle forma a lo más perfecto a lo que yo podía aspirar, lo más alto que yo tenía dentro de mi.

Cuando las islas se terminaron de reunir, surgió un remolino de Aire frio, como del Norte, que soplaba fuerte y aumentaba la velocidad del conjunto. Entonces, tras un chispazo de luz,  todo se convirtió en fuego. Un precioso fuego anaranjado que danzaba como una salamandra.  En el centro del Fuego vi una luz, que se transformó en una silueta esbelta y alta que comenzó a tener rasgos hasta que perfilo a una preciosa mujer.

Su porte era magistral, su cabello largo y rizado, castaño oscuro caía por los hombros llegando hasta los pechos. Dos preciosos ojos color verde aceituna me miraban. De piel clara, piernas largas y manos de pianista. Se presentó ante mi con un peplo largo y azul como las profundidades marítimas, haciendo contraste con su piel. Toda Ella emanaba grandeza, libertad, valentía y virtud. Pensé que era una Diosa pero su esencia era mucho más física que la de cualquier Dios. Me miró, sonriéndome, abriéndome los brazos como una madre que espera a un hijo.

“¿Quién eres?”

Ella sonrió de nuevo y me atrapó entre sus brazos. Al oido, casi imperceptible dijo unas palabras que seguro me sostendran el resto de mi vida:

“Soy Hellas”

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