Aster Heras

Diario de un sueño

Un sueño cualquiera…

15 de Agosto de 2014

Me levantaron las campanas de todas las iglesias de Atenas casi sonando a la vez. Nos asustamos mucho porque nos pareció exagerado aunque realmente la Iglesia Ortodoxa en Grecia nos tenía acostumbrados a sus campanas. Aún recuerdo cuando Jóse vino este invierno y después de escucharlas en aquella terraza en Plaka mientras desayunábamos las definió como “campanas de guerra”. Estas, que sonaban ahora,  no parecían de guerra, era como si se tratara de un evento especial o como si estuvieran avisando de algo. Las campanas me acompañaron durante todo mi café y al salir de casa aún estaban con su sonoro y molesto cantar.

Me encendí un cigarro y emprendí mi camino diario, por la Calle Spiro Mercury.  En 10 minutos estaría de nuevo viendo el Kalimarmaro y a pesar que ya llevaba casi un año viviendo en Grecia, este pensamiento hacía que se encendiera en mi la chispa de la ilusión con la que empezar bien el día. El Kalimarmaro, la Acrópolis, el Templo de Zeus Olímpico, el Arco de Adriano. Todos ellos me acompañaban cada mañana. Había sido con diferencia el mejor año de mi vida y aquel trabajo como guía turística lo había coronado. Ahora mi deber diario era enseñarle a los demás como veía yo la ciudad que engendró las ideas sobre las que se sostiene nuestra vieja Europa. Mi Atenas. La ciudad de la Diosa Atenea.

Iba tan absorta en estos pensamientos que no me di cuenta de que pasaba. El sonido de un claxon me sacó de golpe de mis cavilaciones y entonces me di cuenta de que algo raro sucedía. La calle estaba desierta, la poca gente que había iba muy deprisa y las personas mayores se estaban metiendo en las pequeñas iglesias como protegiéndose de algo. Todas las señoras murmuraban cosas que apenas podía entender ya que aún no hablaba griego fluido. Algunas se presignaban exageradamente. Me encontré en menos de 10 minutos dos sacerdotes, estos tipos siempre me daban repelús con sus vestidos negros y con esos gorros que parecían torres del ajedrez, estaban bendiciendo las calles con agua y una planta verde que siempre usan en determinados días, el más alto, un señor de al menos 1.80 de estatura, barba larga y canosa y ojos pequeños, lo intentó conmigo, presuponiendo que mi mirada de incredulidad era un extraño deseo por ser purificada con esa cosa y tuve que ser tajante cuando dije NO, una vez más, no era la primera vez que me pasaba en el año que llevaba viviendo en Atenas, en muchas fiestas lo hacen.  El cura preocupado me dijo “Tenga cuidado, joven”.  Quise preguntar “¿De que? ¿Cuidado de que?” pero la verdad no me apetecía darle razones a aquel señor para rociarme con agua. Me asombró ver como las vecinas salían de sus casas a pedirle expresamente que bendijera los umbrales de sus puertas. Me acorde de Hekate y de Hermes y de la protección que ellos ponían en la mía. Estas cosas me dolían, ver al que consideraba mi pueblo rendido a una religión extranjera que se había apoderado de las mentes de toda una nación me parecía casi de chiste o más bien de película de terror. Suspiré resignada pensando que tendrían otra de las miles de fiestas que celebran los Ortodoxos a lo largo de todo el año y que cuando finalizara el día todo volvería a la normalidad.

Seguí caminando normalmente y entonces otra cosa me llamó la atención, un grupo de gente joven que venía detrás de mi no paraban de gritar con grandes exclamaciones y gestos exagerados algo sobre algo  gigante. Hablaban también de sus abuelas y de su madre llorando en el televisor cuando vieron “aquello” ¿Que sería “aquello”? ¿Por que tanta exageración?  ¿Quizás algún partido político había hecho algún acto reclamando algo? ¿Algún disturbio por la crisis? Pensé que era una pena no tener televisión porque a veces no nos enterábamos que pasaba he incluso se me pasó por la mente llamar a alguien  a preguntar si sabían que demonios pasaba hoy en Pangrati para que todo el mundo estuviera tan alterado, pero la verdad es que era muy pronto y temía que no fuera una hora apropiada, así que lo dejé para más tarde.

Estaba a punto de salir de mi barrio bajando una pequeña calle en forma de curva que tiene miles de gatos y naranjos y que siempre me recuerda a Artemis. Siempre me paro en esta calle a recoger olivo para poner en el Templo de Zeus en mis devociones diarias. Las ramas que parece que me conocen ya se cortan muy fácilmente con la mano, aunque hace algunos meses decidí echarme una pequeña navaja al bolsillo para que me fuera más fácil y rápido.  Me gusta pararme ahí antes de continuar porque lo siguiente que se ve es el Kalimarmaro a mi izquierda y la Acrópolis a la derecha. Para mi es el velo que separa la ciudad moderna de la vieja y hoy las campanas, los sacerdotes y las purificaciones cristianas no deseadas me hacían especialmente desear ver algo coherente en esta Atenas nuestra.  Ya tenía mis ramas así que continué caminando mientras las metía en mi bolso, las pequeñas botellitas que llevaba dentro sonaban de forma familiar, siempre las mismas, una de vino y otra de aceite. Una para Zeus y otra para la más grande de sus hijas, patrona de nuestra ciudad.

Cuando levanté la vista, los pies me temblaron.  Debía de estar enferma, quizás la cena de ayer no me sentó bien y todo esto era producto de una alucinación porque aquella mañana subrrealista se había convertido en un sueño que nunca pensé vivir.

La punta dorada de su lanza fue lo primero que vi. El brillo que le daba el sol hacía que pequeños destellos avisaran a todos los Atenienses que había vuelto. Debía de medir unos 15 metros y miraba desafiante a su ciudad. Estaba en el mismo sitio que debió de estar cuando Fidias la esculpió hace tantos años coronando para muchos lo que fue su mejor trabajo. La cresta de su yelmo, de caballo, seguía dando terror para quien no entendiera quien era Ella y que estaba haciendo allí.  Una copia exacta de la Atenea Promacos había aparecido de forma misteriosa en la Acrópolis, para darle los buenos días a quien se atreviera a mirarla.

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Παλλὰς μουνογενής, μεγάλου Διὸς ἔκγονε σεμνή… 

Salió de mis labios, sin pensarlo. Levanté mi voz, sin darme cuenta. Un nudo no dejaba pasar las palabras que nacían solas mientras mis pies caminaban despacio hacia Ella.

No sabía que estaba pasando pero comenzaba a entender todo. Los Ortodoxos veían aquello como un mal presagio, como que los Antiguos Dioses venían de vuelta. O quizás solo Atenea, que se bastaba sola para defender la ciudad que lleva su nombre.  Por eso, los curas bendiciendo a la gente y las calles como posesos y las marujas llorando, los críos alucinando con sus abuelas y las noticias. El panorama del camino no era muy diferente. Gente asustada y extrañada por igual, turistas curiosos y  los chinos tirando fotos con objetivos en sus cámaras que seguramente les dejaban ver más detalles que al resto de lo que estaba pasando en la cima de la roca sagrada, parecían muy contentos, seguro que pensaron que el gobierno la había puesto ahí a modo de reconstrucción. Desde mi posición el color hacía pensar que era de bronce de verdad ¿Sería cierto? Todos los que vivíamos en Grecia sabíamos que el país no estaba para darse esos caprichos. Solo había que imaginar la cara de los políticos europeos si el presidente decidía gastar el dinero del rescate en la figura de una Diosa.  Además de que el Ayuntamiento de Atenas lo habría anunciado a bombo y platillo. Pero si no había sido el gobierno ¿Quién la había puesto ahí?  Decidí pasarme por la Acrópolis a ver más de cerca la estatua y que estaba sucediendo y también para encontrarme con alguna cara conocida que me diera alguna explicación, porque si de algo estaba segura, era  de que encontraría helenistas recibiendo aquella señal.  Así que paré en una floristería y cogí las mejores flores que pude comprar, hice el camino rápido, sin las libaciones a Zeus.  Seguro que El entendería el porque de esta decisión. 

Y al llegar, casi no se podía andar por la calle del gentío que había. El tráfico estaba cortado y  la entrada a  Plaka también, pero la policía solo llegaba hasta ahí, unos pasos más allá solo había buen ambiente. Gente con túnicas y peplos antiguos. Muchísimas coronas de olivos en las cabezas de un pueblo que había decidido volver a la Diosa que les dió nombre.  Se escuchaba música y había grupos de chicos cogidos de las manos bailando esa danza que parece tan antigua ¿sería posible que lo estuvieran haciendo para la Diosa? ¿En serio que esto estaba pasando? Los altares  se levantaban en cualquiera de las piedras que había en la parte de abajo del camino. El olor a vino era muy intenso pero nadie estaba borracho, solamente la tierra que pisábamos por las libaciones. La gente estaba muy contenta. Como si estuviéramos en una gran fiesta, donde el terror de la crisis y los años difíciles se hubieran quedado atrás.  Me sorprendió ver a la señora mayor del Periptero de mi plaza, con su marido y sus nietos y al señor de la Librería del centro. Al fondo de la calle, donde comienza la subida me abracé con la regente de una de las tiendas que hay cerca del Agora Romana, que se alegró expresamente de verme ahí. Y a la que conozco de mis viajes de turista desde hace más de cuatro años.

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Me disponía a subir la montaña cuando vi el standarte de la comunidad religiosa que me recibió el año pasado, mis amigos, la gente que siempre me había ayudado y había estado conmigo desde que decidí volver a casa, también estaban allí. Le entregué mis flores a las dos chicas que estaban acomodando el altar y puse mis botellas de vino donde estaban el resto de las botellas. Besos y abrazos, pero nadie tenía una explicación. Todos habían seguido el mismo camino que había hecho yo en su rutina diaria de ir al trabajo, se habían encontrado el brillo de la lanza de la Diosa deslumbrando sus ojos y habían decidido seguirlo. Los helicópteros seguían volando la Acrópolis y todos nos preguntábamos muchas cosas: ¿Qué pasaría ahora? ¿Quien había puesto la estatua ahí? ¿Que haría el gobierno? ¿La dejarían? ¿La quitarían? ¿Donde había salido tanta gente que honrara a la Diosa? Porque lo cierto es que cuando Alexandros subió un poco más arriba para tirar una foto y nos la enseñó al bajar descubrimos que las faldas de la Acrópolis estaban a rebosar de gente esperando algo.

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Una corneta sonó en toda Atenas.  Y me desperté.  Cubierta de un sudor en aquel verano bochornoso que estábamos teniendo.  Eran las 8 y media de la mañana y tenía que ir a recoger a unos turistas al aeropuerto antes de las 12. Estaba con el sabor del sueño en la boca aún, preguntándole a mi cabeza como podía imaginar tantas cosas. Entonces las campanas comenzaron a sonar, sonreí recordando todo lo que había vivido esta noche envuelta en las sábanas de mi cama. Mi móvil también sonó. Cuando cogí el teléfono vi que era Dimitris, respondí extrañada pensando que quizás pasaba algo urgente ya que por la hora que era no era lo más normal.

-Kalimera Dimitris, ti kanis?

-Kalimera Danai, estás en el trabajo?

-No dime, aún no salí.

-¿No has visto lo que ha pasado en la Acrópolis esta noche?

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