Aster Heras

Diario de un sueño

De Delphi a la Faloforia, crónica de un día con los dos soles…

Hace tres semanas estuvimos en Delfos. Podría hacer un post-diario explicando paso por paso todo lo que hicimos pero el lenguaje tiene sus limitaciones y aunque me considero bastante privilegiada por saber usarlo, no tengo palabras para describir ciertas cosas que vimos y sentimos.

Cuando llegas a Delfos el paisaje te quita la respiración. El Parnaso con sus 2457 metros de altura tiene unos valles y unas vistas que impresionan. Llegamos con el coche, con su calefacción, su opera en los altavoces y su comodidad. Subiendo por sus curvas me pregunté como sería llegar hasta ahí como los antiguos, ahorrando para hacer el viaje y a pie. Es fácil entender porque suponía una catarsis completa y porque los Dioses eligieron ese lugar. Los templos pueden demolerse pero Castalia, la fuente sagrada de las Musas, sigue teniendo agua y sigue susurrando a los oídos dispuestos a escucharla.

Como decía Delfos (Delphi en griego) pese a la desvastación que ha sufrido como todos los templos en Grecia está absolutamente vivo y activo. Lleno de energía. Sorprende casi ver a los turistas empeñados en sacarse fotos estúpidas ignorando el lugar y su profundidad cuando estás subiendo por sus empinadas cuestas te encuentras con la historia delante de tus ojos y os prometo que a veces tenía que frotarme los ojos para creerme que el “Tesoro de Atenas”, la “Piedra de la Sibila” o el “Templo de Apolo” estaban de verdad ahí delante de mi y no en otro libro más. Ni Galena ni yo nos atrevíamos a hablar. Pronto nos separamos y aunque todos sabíamos donde estabamos el resto hicimos un viaje en solitario por la casa más sagrada del arquero que nunca falla.

El Omphalos, la piedra de la Sibila, el templo del Dios con su gran altar en el exterior, el teatro de Dionisos, Castalia, el estadio, los Jacintos naturales, las aguilas sobrevolando el valle…. ¡que de cosas caben en un mismo día cuando se está en el sitio correcto! Cuando salimos del recinto, fuimos a visitar el Templo de Atenea, su Tholos también hizo que pensara que me había caído en aquel viejo libro de Historia donde lo vi por primera vez….

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Cuando terminamos nuestra visita volvimos a Atenas, preparándonos para la Faloforia y… ¿Qué es la Faloforia?

Bueno pues es la procesión al Falo dedicada al Dios Dionisos, el libertador ¿Qué se puede decir cuando participas en una fiesta-ritual que no se celebra desde hace 16 siglos? Nos hemos pasado tres semanas preparando los disfraces y ahora tenemos unas máscaras estupendas que esperamos que aguanten el chaparrón que está cayendo. Más de 40 o 50 personas pese a la lluvia están allí también. Los hombres disfrazados de Sátiros, las mujeres de Ménade. Todo el mundo con sus bastones cubiertos de hiedra y con formas fálicas y campanas que van marcando nuestros movimientos. Comenzamos la procesión en el Teatro de la Acrópolis, lugar consagrado del Dios, sólo dar 10 pasos y todos estamos danzando y bailando, Parménides canta frases que todos repetimos y las Bacantes nos provocan a todos con sus bailes sexys. Por momentos pierdo la noción del tiempo y el camino. Recuerdo pasar por delante de la Iglesia Orthodoxa que cada Domingo en la mañana nos regala sus campanazos y reirnos con la gente que hay en la puerta celebrando una boda, recuerdo lo divertido que es pensar ¡seguro que todo el mundo piensa que somos un grupo de teatro! y entonces gritar más fuerte Dionisos, por si alguien aún no lo ha escuchado.No entiendo como de repente estamos en Monastiraki y sólo tengo vagos recuerdos vagos de pasar por algunas calles, me duele la tripa de reirme. Los tirsos, las varas, los bastones se levantan al cielo con nuestras voces. Mis compañeros de camino comparten con todos el vino y sólo tienes que abrir la boca para que el vino te bañe la garganta. La lluvia nos moja pero hasta se agradece porque de repente debe haber unos 10 grados más en Atenas. Todo el mundo baila con todo el mundo y nadie sabe quien se esconde tras las máscaras. Cuando llegamos a Thisio tras unas horas de paseo, Parménides nos recuerda la libertad que sólo Dionisos nos regala. La libertad para ser felices, sin máscaras. Entonces todo el mundo se descubre y comienzan las felicitaciones, las fotos… sigue sonando la música y una cadena de gente comienza a bailar, cuando termina la noche y llego a casa, Luis me pregunta como estoy. Sólo puedo decir que no lo se, pero que estoy bien. Cuando cierro los ojos para dormir solo se dar gracias infinitas por estar aqui, por haber vuelto, por estar viviendo todo esto, por quedarme en casa.

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