Aster Heras

Diario de un sueño

Hekate, la Reina Invencible

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Hace más de seis años que la conocí. Mi vida estaba muy estable o eso creía yo, por fin había encontrado mi camino espiritual. No era exactamente la perfección pero el paganismo había sido para mi la respuesta a muchos años de dudas y de debates conmigo misma acerca de la diviniad. Estaba dentro de un coven wiccano ecléctico y por fin estaba comenzando a entender el significado tan especial que le dan los amigos a la palabra familia. A las personas que caminan contigo a tu lado.

Ella apareció y en menos de tres meses todo cambió. De sus manos vino el primer viaje a Grecia y mi primer encuentro con la que de verdad soy. Aquella subida al Acrópolis, sola, sin tan siquiera móvil… y aquel encuentro con los demás Dioses y con un camino lleno de vida, que me esperaba, que estaba allí para mi. Luego vino el Templo en Madrid, y crecer contrareloj. Fueron muchas las batallas y muchos los desafios pero ella siempre estuvo ahí. Siendo el link con Hellenismos, con la Theurgia y con tantas otras cosas que hoy forman mi vida.

Hoy seis años y algunos meses más tarde, cuando miro atrás no puedo evitar sentirme orgullosa de esos pasos. Esto es una especie de declaración de intenciones. Un reencuentro conmigo misma. Una apología a mis negaciones porque su bondad, su bienhacer y sus virtudes no requieren ningún tipo defensa posible.

Hekate, quien me llevó a sus misterios y me dejó pensar que los estaba entendiendo para luego enseñarme que el Misterio más grande al que podía acceder dormía dentro de mi.

Hekate, quien derrumbó mi ego y me enseño el valor de la humidad pero quien también me recordó que la imagen que se refleja cada mañana tras el espejo es el resultado de mil batallas perdidas, pero al menos de otras mil batallas ganadas.

Hekate, quien desde el principio marcó el rumbo de mis pasos siendo el enlace para llegar a otros Dioses, a otras puertas, a otros países. Hekate, quien en torno a sus altares me ha enseñado a no temerle a las sombras y a aceptarlas, porque la luz no existiría sin ellas.

Hekate, quien trajo hasta mi casa a uno de los pilares fundamentales de mi vida, mi mujer, la alegría de mi casa, mi compañera, mi mejor amiga y la fuente de la mayoría de mis dichas.

Hekate, Hekate, Hekate.

Y ahora, tras seis años, me encuentro lo mismo otra vez. La gente que señala y apunta con el dedo. La gente que juzga a los que decidimos mirar a la señora de los cruces y descubrir su luz, a quien devuelve la esperanza a Demeter, cuando desesperada teme no volver a ver a su hija regalo de la vida para nosotros los mortales. A la prima de Artemis y Apolon. A la compañera de Hermes. A la hija de Asteria, a quien Zeus dejó en su lugar y a quien colmó de dones y honra. A la Hekate de los Caldeos, la gran Madre Diosa que nos regala la vida al mundo…

Y yo me rio, me rio de quien se atreve a juzgarme por reconocer a un Dios su lugar, me rio por quien se atreve a pesar mi camino en la balanza de la justicia en vez de mirar el suyo propio. Estoy mirando la película desde lo lejos y la mayoría de las veces, simulo no saber nada, cuando lo se. Se que de nuevo los que caminan por el centro, sin tan siquiera mirar a los bordes se atreveran a juzgarme, pero me da igual, yo se el significado de la palabra amor y eso es lo que me une a la Diosa de las Antorchas. Nada más y nada menos.

 

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