Aster Heras

Diario de un sueño

Cuando emprendas tu viaje a Itaca…

Han sido los mejores años de mi vida,  los que he pasado aquí. Por primera vez tengo la sensación de estar en mi sitio. Por primera vez no me falta nada. Ni amor, ni ganas, ni chispa. Me he encontrado con lo que quiero ser y lo más importante. Lo estoy siendo. Desde esta posición, me está siendo más fácil mirar al pasado y tratar de vaciar esa mochila que todo el mundo cuelga a sus espaldas. Ahora que tengo ganas de andar, que digo de andar, de correr y de saltar, es cuando me pregunto acerca del peso que cargo conmigo.

Nací en Granada y en Granada estuve hasta que un gallego, Rubén, me rompió el corazón. Como de costumbre en mi vida, me dejé llevar por las emociones y me fui a buscarlo a Galicia. Muchas cosas pasaron después, cosas que sería un poco idiota explicar en un blog público, pero que hicieron de mi una persona distinta. Una persona que no respondía bien, ni a las responsabilidades, ni a la presión y que bailaba con el victimismo para conseguir cualquier cosa. Viví en la calle un tiempo y lo perdí todo. Absolutamente todo. No me quedó otra que volver a empezar.

Entonces vino David,  y su tranquilidad, me hizo recuperarme del viaje que había tenido. De David tengo el comienzo de mi vida adulta, y algunos de los mejores recuerdos de mi vida. Nunca fuimos los amantes de Teruel pero tuvimos muchos ratos de esos que se escriben en el libro de nunca olvidar. Con el tuve a mi hijo Alex, con el fueron mis primeros viajes en avión, la primera vez que salí de España, mi primer viaje a Londres y muchas primeras cosas que me hicieron más personita y menos víctima. De alguna forma la vida me devolvía lo que había pasado y David fue una tranquila balsa de aceite. Madrid fue mi casa por 10 años. Madrid esa ciudad que al principio te recibe con una patada pero que cuando consigues conocerla te acuna con los brazos abiertos, porque en Madrid cabe todo el mundo… Y de Madrid al cielo, como se suele decir.

Y así fue, de Madrid al Cielo. De Madrid a Hellas. Hace seis años conocí a mi mujer. Yo estaba empezando a tomarme en serio eso de ser “pagana” y Hekate la trajo hasta la puerta de mi casa, como invitada a un ritual.  Vivimos en Madrid nuestros tres primeros años y hace dos años y medio ambas dimos un salto a Atenas, buscando la antigua tradición de los Dioses Griegos. Y aquí estamos. Como he dicho al principio del post, viviendo aún en un sueño. Aprendiendo a vivir otra vez, luchando con tradiciones milenarias que nos quitan derechos cada día. Pero viviendo la Grecia de antes,  con el Partenon a menos de una hora andando y a 5 minutos en coche. En la Tierra de los Dioses. La Grecia que siempre soñé, cuando en Granada, Antonio Morales me enseñaba las palabras de Platón y de Sócrates. Y yo me perdía imaginándolos en el Agora. En Grecia, la tierra donde empezó todo lo que yo amo.

Hace dos años, me empezaron a llegar señales del siguiente paso. Y todo enfocaba a que era momento de mirar atrás y reconocer el camino andado fijándose en el comienzo. Que la meta es importante pero para reconocerse en el camino hay que entender de donde se viene. Eso significaba mirar a España otra vez. España es un país maravilloso, lleno de españoles y muchos españoles, que soy muy españoles, como suele decir el inútil del Presidente del Gobierno. España está llena de gente que adoro, de gente que son parte de mi camino y de experiencias que me han hecho crecer y ser. Pero no es para mí. No hay razones lógicas a esto. No es que no me guste, es algo que va más allá de las razones. Cuando me negué a hacer “el viaje al pasado” porque no entendía que tenía que buscar en España. Entonces, una bandera blanca y verde apareció ante mi. Cuando hablé con mi maestro me recordó que es Hércules quien corona su centro. Y con esa conexión miles de recuerdos vinieron a mi mente. Andalucía, la niña bonita de España, desfilaba ante mis ojos. Recordé el Albayzin y la Alhambra. Recordé estar en el puente del Rio Genil, mirando a las montañas de Sierra Nevada exactamente con el mismo amor que miro ahora al Taygetos. Recordé como son las reuniones familiares, como bailan los amigos en una fiesta. Recordé cuando siendo adolescente me perdía en los jardines de la Alhambra solo por placer. Recordé a Lorca, a Machado, recordé mis letras. Recordé que yo también he crecido jugando entre olivos y bailando sevillanas y recordé como suenan unos zapatos de gitana bailando flamenco. Recordé los años de escuela y mis amigos, recordé a mi abuela y a mi madre.  Y entonces entendí que significa la palabra “cuna” y porque siempre estaré atada a aquel pequeño trozo de tierra al sur de España. Ella me dio las bases para ser quien soy. Ella coloreó de colores mi alma para que emprendiera el viaje, la tierra donde está enterrada mi madre, mi abuela y mi bisabuela. La primera Tierra que amé. La Tierra que me dio el impulso suficiente para crecer y encontrarme en una Tierra gemela, una Tierra hermana, que también cubre de olivos y casas blancas sus montes. Como Odiseo, he terminado mi viaje. Ahora se donde y como vivir y lo más importante ahora se donde se encuentran mis Itácas.

Andalucía, la tierra que me vio nacer y Hellas, la tierra donde mi alma ha encontrado su razón.

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