Aster Heras

Diario de un sueño

Mi angel de la guarda

He conocido a mucha gente desde que vivo en Grecia. Algunos se han convertido en amigos y otros no. Otros son conocidos o compañeros de mi senda espiritual. La mayoría son buena gente aunque me he llevado algunas sorpresas.

De un tiempo a esta parte me he vuelto un poco exigente con la palabra amigo, aunque con algunas personas esta palabra se queda pequeña. Cuando los amigos se convierten en familia, entonces, entonces esa palabra no hace justicia a algo que ninguna palabra puede nombrar.

Vivimos enfermos de etiquetar cosas, es nuestra función, somos humanos y nada nos puede sacar de nuestro proceso de nombrar, porque cuando nombramos existe y toma lugar en el mundo de las ideas, ese del que nos hablaba Platón en sus libros…

Una de esas personas especiales, alguien que no va a leer esto porque no entiende mi lengua materna es Aigli. Aigli es una increíble mujer griega que conocí hace más de tres años, en Grecia. Desde el principio, las tres, si y digo las tres porque esto lo comparto con Galena, tuvimos algo asi como un flechazo. Hemos hecho juntas miles de kilometros y hemos recorrido toda la Hélade, saltando vallas de templos, burlando guardias de seguridad y llenando de vino y de ofrendas altares antiguos, templos de los que poca gente se acuerda ya. Nunca me ha fallado y cuando digo nunca es nunca, hay veces que me mosquea, pero verás somos humanos y como humanos a veces hacemos cosas que hacen daño, pero mientras detrás no haya una mala intención, para mi es suficiente.

Puedo darle las gracias a mucha gente por estar aquí, en esta aventura dos años después de que empezara, pero ella, junto a Stelios han sido mi madera flotando en medio del rio de aguas revueltas que a veces es mi querida Grecia. Sus ojos azules y su voz saltarina diciendome “Respira, todo va a ir bien” me han sacado del bache muchas veces.

Mi pequeño homenaje a una mujer de bandera. Una madre estupenda, una sacerdotisa ejemplar, una amiga, una hermana. Alguien que puede ser en un segundo como mi madre, como la abuela de mi hijo o como la hermana que nunca tuve. Mi camaleonica compañera de ojos azules, nunca, jamás, tendré tiempo para darte las gracias por todo lo que haces por nosostros. Te quiero.

 

 

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