Aster Heras

Diario de un sueño

Unas llaves

Hay unas llaves que aún cuelgan en mi casa de Atenas, ahí donde han estado desde que entramos en ella, en una llave gigante y roja que compramos en Jumbo la última vez que fuimos, las llaves de la que fue mi casa en Madrid. Todas ellas, las del buzón, las del portal y las de la puerta. Es gracioso porque hoy por hoy me cuesta trabajo incluso recordar como es el portal del edificio donde viví cinco años y donde tantas cosas me pasaron. Me acuerdo de la casa, como no. Ha sido el Templo de Hekate y el suelo por donde mi hijo dio sus primeros pasos. Ha sido donde conocí a mi mujer y donde me casé. Hace dos años y medio que esa casa ya no es mi casa, aunque la última vez que estuve allí aún lo parecía. Ya no lo es. Las llaves, que tienen una llave/llavero de Granada, mi tierra natal, un Leprechaun que me trajo una amiga chilena en su visita a Irlanda, un llavero de Londres, del primer viaje con Galena y una bandera de Grecia, de cuando tenía que mirarla cada día para recordarme el camino de vuelta. Las llaves que con todas esas cosas están ahí en la pared y me recuerdan el peso de los años que viví sobre ese suelo y bajo ese techo. Debería tirarlas. O mejor aún ponerlas en un altar a Hekate de ofrenda, pues cuando cerré por ultima vez la puerta de aquella casa aún brillaba la luz de la Diosa allí, pero no lo haré. Se quedaran siempre en el pasillo de mi casa recordándome el precio que hemos tenido que pagar por llegar aquí. Recordándonos a cuantos supuestos amigos y personas que nos querían se han quedado en el camino que nos trajo a casa. Nunca seremos más que nadie, pero nunca volveremos a ser menos de lo que realmente somos. Esas llaves, que cerraron la puerta de Madrid, eran el pasaporte a una vida de verdad, la vida que tenemos ahora. Y ahora nos recuerdan cada mañana, cuando cogemos las llaves reales de nuestra casa para salir al trabajo, al parque o al Acropolis, de donde venimos y donde estamos y sobre todo nos recuerdan el portazo que dimos al salir, que debió ser tan grande que no deja dormir todavía a mucha gente, que debió ser tan grande que se cuela aún entre las vidas vacías de ciertos personajes que no tienen nada mejor que hacer que hablar de algo con lo que no se atreven ni a soñar y que solo pueden ver con una de esas gafas que usan las abuelas para ver de lejos.

Unas llaves.

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