Aster Heras

Diario de un sueño

Y volar alto

Y desde el cielo, para páno como dicen los griegos, volveré a ver las cosas con otra perspectiva. Que es tiempo de no preguntarse más por lo que fue y empezar a construir los días de otra forma. Qué complicada es la vida a veces y que difícil lo hacemos todo. Hay un camino nuevo, enfrente de mi, sin nadie más que yo.  Por supuesto que asumo que la mayoría de los baches los he creado yo misma y por supuesto que se que a veces he empujado a otros a esos agujeros y sin querer se han visto obligados a pelear conmigo mis batallas ¿pero a quien no le ha pasado lo mismo?

Cansada de que me miren a través del ojo de la aguja, cansada de no caber en opiniones ajenas y de cubrirme de excusas para no dejarme ver, es momento de parar. De cerrar la puerta de mi vida y mirar hacia adentro. De dejar de buscar justificaciones, explicaciones e incluso de dejar de pedir perdón. Por primera vez en mi vida me tomo un descanso de preocuparme por quien no sea mi familia o por mi misma. Desde que tengo 19 años he vivido pendiente de agradar, de adaptarme, de buscar ser aceptada. He enterrado mi ser en montañas de kilos para no ser vista. Y me olvide de quien soy para ser quien vosotros pensáis que soy. Me olvidé de que adoro salir de fiesta, andar por el campo o ir a la playa. Que adoro los camping, bailar en la discoteca o leer hasta las tantas. Que quiero una vida lejos de las máquinas, que la música es el idioma en el que habla mi alma. Que escribiendo me encuentro a mi misma.

Un año, un año egoísta, egocéntrico y para mi misma. Un año para trabajar, dentro y fuera de mi ser. Un año para terminar de aprender griego y adaptarme del todo a Grecia. Un año para bailar, para pasear, para conocer gente y para no ponerme más responsabilidades encima. Un año para reeducarme a comer sano. Un año para olvidarme de todas las veces que me quede en casa cuando quería salir, de todos los viajes que no hice porque otra persona no quería acompañarme, un año para hacerlo.

Con mi gente, la gente que no exige y que comprende, la gente que perdona de verdad y no guarda en un cajón las manzanas podridas para tirarlas a la cara cuando les interesa. Con mi mujer, mi niño, mi padre, mi mejor amiga, con los amigos que aún me quedan en España y con mi Grecia. Mi precioso país, que me está quitando poco a poco, las cargas que llevo en la mochila para enseñarme a ser libre. Y para enseñarme que la libertad tiene un precio, un precio que estoy dispuesta a pagar por ser yo, por encontrarme y darle una patada a todo el mundo que se ha empeñado en decirme como me llamo cuando ni siquiera han escuchado mi nombre.

 

 

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